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Una década sin Matías Berardi

Fue secuestrado hace diez años en Ingeniero Maschwitz por una banda integrada por un clan familiar –matrimonio, hijas, cuñados y amigos involucrados-. Lo mantuvieron cautivo en Benavídez. Su cuerpo apareció en Campana.

 

 

A 10 años del crimen de Matías Berardi, el adolescente de 16 años que fue secuestrado en Ingeniero Maschwitz y asesinado de un balazo en Campana, su madre aún no encuentra una explicación y pidió la posibilidad de hablar con alguno de los diez condenados para preguntarles si lo hicieron “por odio” u “otro motivo” y para que le cuenten cuáles fueron las últimas palabras de su hijo.

“¿Por qué mataron a un chiquito de 16 años? Lo golpearon, lo trasladaron setenta kilómetros, él llorando y pidiendo que no lo maten y ahí lo fusilaron. Esa imagen y la frialdad con la que actuaron, no la podemos entender”, dijo María Inés Daverio, la madre de Matías.

A una década de un crimen que conmocionó al país en una época donde ya no eran frecuentes este tipo de secuestros extorsivos, en los que se trasladaba a una víctima a un lugar de cautiverio y mucho menos que termine asesinada, como ocurrió con Berardi, su familia manifestó la “necesidad” de que “se lo recuerde”.

 

El secuestro

Con 16 años, Berardi era el mayor de cuatro hermanos y cursaba el quinto año –le faltaba uno más para terminar la secundaria-, del colegio Saint George de Loma Verde, cuando la madrugada del 28 de septiembre de 2010 regresaba de una fiesta de egresados en Capital Federal y se bajó de una combi en Panamericana y Ruta 26 para volver a su casa.

Según surgió de la investigación, Matías fue secuestrado allí por una banda integrada por un clan familiar –matrimonio, hijas, cuñados y amigos involucrados-, que lo eligió por su “ropa cheta” y al que se referían como el “chancho de América” en los mensajes que se mandaron.

Lo llevaron cautivo a la casa del jefe de la banda, el herrero uruguayo Richard Fabián Souto, en avenida Sarmiento 407 de Benavídez, y empezaron los llamados extorsivos a los padres de Matías, en los que exigían un rescate de 30.000 pesos.


“Siempre hicimos lo que nos dijo la policía, que al principio dudaba de si era un secuestro verdadero o virtual. Pero yo escuché y reconocí en el primer llamado a Mati que tenía una voz particular y gritaba ‘¡mamá, mamá!’. Me dijeron: ‘¿Querés volver a ver a tu hijo?’. Y ahí empezó una escalada de pedidos de dinero”, recordó María Inés.

Matías fue encerrado, atado y vendado en el baño del taller del herrero, pero tras pasar 14 horas cautivo, el adolescente logró escapar, salió a la calle y pidió ayuda entre los vecinos, a quienes les dijo que lo tenían secuestrado, pero no logró que nadie lo refugiara.

Mientras Souto y su concuñado Facundo Maidana –otro miembro de la banda-, lo persiguieron con un auto y lo recapturaron a dos cuadras, en las puertas del cementerio de Benavídez, las mujeres de la familia salieron a la calle a decirle a los vecinos que era un ladrón que había intentado robarles.

“Él tuvo la fuerza para escaparse y esa imagen nos mata. Se quiso subir a un remís y el chofer se asustó. En el barrio no lo ayudaron porque salieron las mujeres gritando que era un ladrón. La policía pasó por el lugar, hizo luces y se fue”, relató Daverio.

La fuga y el hecho de que Matías vio el lugar y los rostros de algunos de sus secuestradores fueron, según los investigadores, el motivo por el cual la banda decidió asesinar al adolescente.

“Pero todo el barrio los vio, a ellos y a Matías corriendo. Hubiera sido más fácil para ellos dejarlo. Teníamos decidido pagar. No logramos entenderlo”, señaló la madre de la víctima.

Cuando los secuestradores ya habían decidido asesinarlo, llamaron por última vez para saber cuánta plata había reunido la familia, que exigió una prueba de vida que nunca llegó.


El cadáver de Berardi fue hallado al día siguiente en un camino de tierra a 300 metros de la ruta 6, en Campana.

Lo asesinaron de un tiro con una pistola 11.25, que ingresó por el omóplato derecho y le ocasionó la muerte.

 

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