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Cuento: La oreja de Mitre

Si tiene una desventaja vivir en un pueblo es que no existen los secretos. Todos saben todo, quiénes están noviando, quién está embarazada. Como rezaba una pared: si los chismes fueran flores, éste pueblo sería un vivero. 

Se dificultaban las escapadas de la escuela, por esa razón nunca lo había hecho. Cuando no tenía ganas de ir al colegio le decía a mi madre y ella solo respondía “bueno, pero no le digas a tu padre”. Iba a la única escuela privada del pueblo. Mi padre era operario en la fábrica de Ford, teníamos un buen pasar económico, nada de qué preocuparse. Mi madre era ama de casa de tiempo completo, nuestro hogar era su mayor orgullo. La casa siempre de punta en blanco al igual que yo, bien peinado con la ropa siempre recién planchada.

Aquel 21 de abril no sé por qué fue que decidí no entrar a la escuela. Salí a pasear por las calles arenosas, fui a un puente que estaba en las afueras, cruzaba un pequeño arroyo, la luz del sol se colaba entre las ramas de los sauces que se alzaban sobre sus raíces desnudas por la corriente cuando el caudal subía su nivel. Los tirantes de algarrobo tallados por parejas en el summun del enamoramiento sostenían un techo a dos aguas de un color verde musgo. Me gustaba estar rodeado por el silencio ruidoso de la naturaleza. Realmente lo disfrutaba. Revisando el altillo de mi casa encontré en una caja polvorienta una colección de libros de Julio Verne. Empecé a leer Mil leguas de viaje submarino. Las aventuras del capitán Nemo me atrapaban, mi mañana fue de lectura a la veda de mi lugar favorito.

Se aproximaba la hora de salida del colegio, así que emprendí el retorno. Fui a la plaza a esperar a mis compañeros para saber si había sucedido algo extraordinario en mi ausencia y para volver a casa con ellos y camuflar un poco la situación.

La plaza no escapaba a la simplicidad del pueblo. La iglesia, el correo, la escuela secundaria y la comisaría. Me senté en el banco que da a la comisaría.  Lo hice pensando que era un acto de rebeldía. Veo tres tipos que nunca había visto, queriendo entrar. Los policías no se lo permitían, no llegaba escuchar la conversación pero los hombres parecían estar pidiéndoles un favor. Tal vez el auto del que se bajaron estuviese descompuesto. Se acerca Don Juan, el dueño de la ferretería, y a él sí le abrieron la puerta. Los hombres aprovecharon y se metieron a los empujones. Se escucharon gritos y un tiro. Todo queda en silencio. Apenas se escucha el aleteo de unas palomas que volaron asustadas. Veo corridas en el correo. En la plaza sólo estoy yo, atornillado al banco por el miedo y la fascinación. De la comisaría sale un tipo vestido con unos pantalones negros, una campera de Jean que llevaba abierta y en la remera se podía leer ERP 22 de agosto. Tenía un aerosol en la mano. Con él escribió en la pared frontal del pequeño edificio la misma leyenda que llevaba en la remera. Al verme se dirigió hacia mí. Veo que guarda la pintura en aerosol en el bolsillo de la campera y se acomoda algo en la parte trasera de la cintura.  Se paro frente a mí y me dijo: quédate tranquilo pibe no te voy a hacer nada, acompañame al medio de la plaza que te voy a enseñar algo de historia.

El nudo en la garganta no me dejaba hablar pero me pare para que viera que lo iba a acompañar. Caminaba por delante de mí. En un momento pensé en agarrar un palo y pegarle en la nuca pero que me haya dado la espalda me género confianza y quería saber lo que me iba a decir. Llegamos al centro de la plaza: un simple camino circular que rodea la estatua. Me preguntó si sabía quién era ese y sin darme tiempo a que responda me dijo que era Emilio Mitre, hijo del asesino de la revolución federal y fundador del diario de la oligarquía nacional, el hijo de puta de Bartolomé Mitre. “Estos manejan la información para la derecha recalcitrante”.

Saca la pintura y escribe ERP 22 de agosto. Se levanta la campera y saca lo que se había acomodada al salir de la comisaría: un revolver. Ya que la tuviste al pedo toda la vida porque nunca escuchaste al pueblo le dijo a la estatua mirándolo a los ojos. Quise salir corriendo pero los pies no me respondieron. Mi miedo a las armas era tal que cuando me enteré que mi padre tenía una no pude dormir por tres días.  Levanto el arma y le pego un tiro en la oreja izquierda. Ahora anda a tu casa pibe, las cosas se nos van a poner feas pero que no te mientan, nosotros luchamos por un mundo mejor para todos me dijo. Me fui corriendo a mi casa, al llegar mi madre me ve agitado y totalmente pálido, le conté lo que me paso y ella me respondió: hijo, no hables nunca con nadie sobre lo que viste. Es lo mejor para todos. Ahora anda a bañarte que ya tengo casi listo el almuerzo.

Al día siguiente el pueblo yacía en su sincronizada coreografía rutinaria, todo seguía igual menos la oreja izquierda de mitre. Seguí el consejo de mi progenitora, nunca comenté con nadie lo que sucedió aquel 21 de abril de 1973. Nunca oí a nadie hablar del tema. Se ve que sí se podía guardar secretos en Maschwitz.

 

El manija paciente

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One Comment

  1. Recuerdo ese día que el pueblo “fue tomado por el ERP”, fui en la bicicleta para ver que pasaba. Ya se habían ido después de incursionar en el Correo, la estación de tren y, claro, la comisaría. Se llevaron de rehén a un preso y lo liberaron en la Panamericana. Mitre lució muchos años sin su oreja izquierda. De pibes solíamos cascotear la estatua en las desoladas noches maschwitenses en esporádicos y pasajeros actos de rebeldía. Tuve la fantasía que esa oreja faltante se debía a algún cascotazo certero de alguno de nosotros. Linda historia.

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